Publicado en Diario 16 26/12/2010
De niño siempre agradecí que, mientras otros medios y mi familia se quejaban amargamente del país, Canal 7 me asegurase que el desarrollo nacional estaba a la vuelta de la esquina. El canal de Ultra Siete, Monstruos del Espacio y Kimba, el León Blanco, me informaba diariamente que mi gobierno era responsable, eficiente y transparente. También me hizo un poco japonés, pero esa es otra historia.
Durante el gobierno de Belaúnde enormes déficits en el presupuesto, deuda externa galopante y violencia senderista eran noticias secundarias frente a las carreteras y conjuntos habitacionales que inauguraba el arquitecto. Que Javier Alva Orlandini haya sido apabullado en la elección de 1985 se debió, sin duda, a un grave caso de miopía de los votantes.
El Aprocalipsis (y la edad, claro) debilitaron mi confianza en el 7. Hiperinflación, atentados y corruptelas merecían menos espacio que los mercados del pueblo, el pan popular o los éxitos del dólar MUC. Descubrí con dolor que Canal 7 no existía: era en realidad un mero apéndice del presidente.
El Fujimorismo mantuvo la tradición de las buenas noticias, incluso comprando otros canales para que siguieran la línea de la felicidad. Salvo un pequeño hipo después de la transición, el Canal continuó con su optimismo habitual. Aunque hoy menos niños lo deben ver dada su pobre oferta infantil, las buenas noticias siguen allí para quien las necesite.
En estos días electorales diversas voces proponen eliminar la dependencia del Canal 7 al gobierno de turno. Beatriz Boza, Augusto Álvarez, Fernando Vivas, entre otros, piden un canal más autónomo, tal vez regido por una junta directiva que no sea nombrada a dedo por el Ejecutivo. Si bien sabemos que las reglas por sí solas cambian poco en el país, de concretarse estas propuestas, y contar con un apoyo político multipartidario en su implementación, podrían significar el fin del canal de las buenas noticias.
¿Para qué queremos un medio estatal que cuestione las bondades del gobierno y se sume a las malas noticias? ¿Acaso necesitamos un Canal 7 con una agenda distinta a la de los medios privados? Felizmente el gobierno, desesperado por levantar a su candidata, no escuchará estos pedidos aguafiestas. Tampoco nuestros políticos de oposición, actuando bajo la consigna de “si soy gobierno, también quiero mi canal sobón”. Los niños peruanos, necesitados de buenas noticias y sólidas figuras presidenciales, están a salvo de estos insensibles reformistas.

